Mostrando entradas con la etiqueta Cómo un palosanto puede mejorar tu vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cómo un palosanto puede mejorar tu vida. Mostrar todas las entradas

Debajo de la higuera

Me han regalado una vela que huele a higo. Un regalo estupendo que huele a los mejores veranos de mi vida: los veranos que pasamos con mi abuela en el pueblo.

Aquellos veranos en los que, cada mediodía, armadas de valor, salíamos bajo 40 grados para andar media hora hasta llegar a la piscina del bar del pueblo. Una piscina con un trampolín muy alto que estaba rodeada de higueras cuyas hojas se caían en nuestras toallas o, en su defecto, crecían tan grandes y espesas que casi se posaban sobre nuestras cabezas cuando nos secábamos al borde del agua.

Mi abuela, que muchas veces se empeñaba en venir para controlarnos, nos miraba contenta desde la orilla, desdentada, sufriendo cada vez que mi hermana se sumergía bajo el agua para respirar de nuevo cuando aparecía con los ojos empañados y dos candelas colgando de la nariz.

En la radio sonaban las canciones de veranos pasados que a nosotras nos parecían del año de la catapún, pero los del pueblo las cantaban como si fueran lo último. Cuando sonaba una canción actual, mi hermana y yo, nos hacíamos las entendidas - Esa ya la habíamos oído. En Cataluña hacía tiempo que sonaba-.

Los chicos que iban por las chicas las miraban desde lo alto del trampolín, nerviosos, asegurándose que ellas miraban cuando daban su mejor salto. A ellas les parecía que nadie se daba cuenta. Yo veía todo el pueblo mirando. Eran una población pendiente.

Me alegro que el último verano no fuéramos conscientes que era el último, así lo pudimos vivir como uno más, sin saber que aquello era de lo mejor que nos habría pasado y se estaba acabando.


Costumbres y pautas

Te echaba de menos, en cuanto te girabas.
El amor es retorcido con sus pautas, siempre las mismas, para que nadie se confunda y achaque los síntomas a la costumbre.
Eran esos días en los que un minuto contigo valían más que diez con nadie. Cuando cualquier ruido alrededor se convertía en un zumbido casi imperceptible. El resto mirarían expectantes, como verdaderos espectadores ante un final. Y esa noche, los sueños serían diferentes.

Madrid

Poquito a poco. Camino con un hombro agachado a la fuerza por la mochila. Hace un calor infernal o hiela de repente, como sólo lo hace en Madrid. He llegado pronto y me voy a ir tarde, aunque, como siempre, nunca tan tarde como para considerar esta ciudad residencial o de vacaciones. Madrid está en el limbo. Se ha transformado en esa ciudad indefinida entre la obligación y el placer donde no oigo nada. Nadie me conoce. Los camareros me llaman niña y los taxistas señora. Yo también debo estar indefinida. Aquí es donde voy y vengo, con la mente concentrada en buscar un espacio para estar conmigo y nada más.La ciudad que me ha dado los mejores catarros de mi vida y las primeras presentaciones en habitaciones feas con mesas en forma de U. La ciudad de los cielos bonitos, que decía uno que trabajaba conmigo. La ciudad de los feedbacks y los retrasos. La niña bonita de los calamares donde en cada barra se adivina una panza feliz. Aquí estoy de nuevo.

Mira, resulta que encontramos el paraíso

Sigo despertándome poquito a poco de este verano perfecto que nos ha sonreído entre mucho y más. Me acuerdo de tus caras mirando los monos, sonriéndole a un batido, buscando explicaciones al por qué de este mar traidor. Si me concentro, aún consigo oler las camisetas mojadas que jamás se secaron, esa brisa de coco, humedad y piña con curry. Estoy convencida que este fue el verano de nuestras vidas.
Me alegro de haber comprado ese billete que nos ha reconciliado con nosotros mismos. Suspiro porque esa paz atormentada del ir y venir del mar Caribe no nos deje nunca.

(Esto se está pareciendo a una plegaria, aunque creo que me da igual :)

Me ha gustado viajar contigo a las antípodas de la rutina, sortear baches asesinos y cabezales de camión del infierno. Lo mejor no se si han sido los extraterrestres que nos han acompañado, los ahoriticas, las veces que nos perdimos o las que nos pareció encontrar el paraíso. Así nos fue. Muy recomendable le decimos a la gente. Vale la pena ir. Y es que aún sabiendo en todo momento que habría un momento para la vuelta, no estoy segura si una parte de nosotros se quedó allí para siempre.

Son las 7

Esa es la hora en la que el dios empleado del hogar le lava la cara al mundo. Media tarde de primavera, sobre las 7 cortas.
A él le gusta hacerlo a esa hora porque, post diluvio, aún quedan unas horas de luz que abren paso a un azul cielo muy bonito. Limpio. Radiante.
Además, tiene comprobado que sobre las 7 es la hora que mejores efectos tiene sobre los habitantes personas.
Como por arte de magia, encuentran un segundo para mirar por la ventana, primero sorprendidos por el cubetazo inesperado. Tormenta de verano. No parecía que iba a llover. Pues el hombre del tiempo no ha dicho ni mu. Corre, saca los cojines de las sillas del jardín; Después, mirando embobados el cielo azul claro, contentos y satisfechos de que nada haya echado a perder unas horitas de luz.

El dios que le lava la cara al mundo sabe que las 7 es la hora perfecta para que los que tienen manías pierdan unas pocas mirando el brillo mojado que se lleva el polen al desguace; para borrar los mejores pipis de los parques y así permitir que los amos de los perritos fisgones encuentren unas horas de paz; para que las abuelas del mundo tejan monederos de ganchillos lima limón; para que los niños obtengan permisos especiales para jugar a la wii un ratito más; para que los mandones manden menos y mejor, con tranquilidad y calma, al ritmo de la lluvia acompasada.

Las siete es, sin duda, la mejor hora para lavarle la cara al mundo y verlo de nuevo, por unas horitas más, azul cielo brillante.

Lunes extraños

Hay días perfectos para viajar sola. Días en los que lo más importante es mirar sin apenas oir. Para hablar sin pensar en resultar brillante. Para entender que lo que deba ser bienvenido sea y más sabiendo que la media hora extra de cama ha sido un milagro. Días para mirarse al espejo y verse con ojeras pero contenta. Días para las cosas no importantes. Para coger taxis entre edificios bonitos. Para pasar cerquita de parques verdes con gente con tiempo echada en ellos. Felices.
Son días en los que no te molesta que haya un idiota gritando desde la fila tres vestido de Neo. Días a prueba de bomba hechos para unir contrarios y no escuchar los peros. Para enterarse que los nuevos putis dan comisión a los taxistas los días de feria. Días para descubrir que lo que soñaste se une a lo que ves desde la ventanilla, mientras sabes que esta no es tu ciudad y si te hubieras quedado en casa te lo habrías perdido. Son días para ti. Días casi perfectos.

Grita

Recuerdo que hace algún tiempo, cuando la mayor parte de las cosas interesantes que nos decíamos los unos a los otros transcurrían durante las clases, alguien se dedicó todo un año a escribirme canciones bonitas en las páginas de mi agenda.
No siempre me las tomaba a bien pues él se creía que yo tenía una vida más interesante de lo que en realidad tenía, pero un día, buscando una fecha de examen, me encontré con una letra preciosa de Jarabe de Palo.

Desde entonces deben haber pasado un trillón de años y ahora nadie me escribe notas en los calendarios porque existen logins y las agendas de papel se comparten en mesas de reuniones.
Tampoco sé lo que sería de la agenda en cuestión. Quizá está guardada en algún cajón de algún trastero. O quizá ni eso. Pero el otro día escuchando Grita, me acordé de mi agenda, y me entró una nostalgia insana de las horas perdidas sólo charlando, arreglando el mundo, entendiendo qué nos pasaba con tanto vaivén, a querer más que nadie, a reír y llorar y todo a la vez, a descubrir que sin los amigos no existías, a seguir todos los hilos menos lo que tocaba, a reír en los silencios y sobretodo, a estar allí, para lo bueno, y para lo malo.

Un beso desde la distancia al escritor de mis agendas. Estés dónde estés (esto ha quedado muy Diario de Patricia quizás).

Grita

Aquí seguimos

Apurando la noche en toda su extensión. Combinando lo mejor del horario gallináceo de los holandeses y los despertares tardíos de España. Es decir, durmiendo de 10 pm a 11 am.

Después de 5 días no nos hemos quitado aún la manía de mirar por la ventana y aventurar las más anárquicas previsiones del meteo:
- Hace sol. Creo que hoy me pondré pantalones cortos.
- Yo de ti no lo haría. El cielo se ha vuelto a poner muy gris. Mira, ahí va una con abrigo.
- Sí pero mira, ahí va otra en bicicleta con un bebé en manga corta.

Ayer visitamos los pueblos del norte de Holanda. Conseguimos sacar los tickets después que Dani probara el método de hablar su inglés que parece sueco pero no es ni una cosa ni la otra. Se ve que para las canciones le funciona pero para sacar billetes no.

Los pueblecitos pesqueros nos descubrieron una nueva paleta de colores gris verdosa que no habíamos visto en Amsterdam: el mar muy gris, las casas muy verdes, el cielo muy gris, el césped muy verde. El sol, eso sí, seguía en su empeño de quemarnos las retinas en cada una de sus fugaces apariciones.

Durante estos últimos días hemos estado comentando los colores tan fríos que tiene Holanda: las maderas, los papeles de las paredes, la porcelana, las alfombras, las bicis, el mar, las caras de las niñas. Todo parece preparado para sobrevivir al invierno sin predecir si tendrán verano.

Me pregunto de qué color verán los holandeses España...

- ¿Hace frío? ¿Hace sol? Ayer dijeron que las temperaturas subirían y que llegaríamos a los 19º. No parece que estemos a 19º, ¿no? Hace frío.

Dani se ha despertado.

Aterrizaje y despegue

Llegamos de Córdoba cansados de buscar sombras con la sensación de haber pasado más horas durmiendo que no despiertos. Ponemos nuestros trapitos en agua antes que culminen su proceso de desintegración solar y cogemos un avión hacia Amsterdam.

Al llegar nos invade la certeza profunda de habernos equivocado con el equipaje y antes de pisar el B&B me conciencio que voy a pasar los siete días con los mismos trapos. Seguramente combinados unos encima de otros.
Se me ocurre si una guía práctica no debería incluir las chanclas en la sección de "Qué no llevar", quitando el valioso espacio que ocupan las especies en peligro de extinción.

Nos leemos la guía de cabo a rabo y discutimos largos ratos sobre los verdaderos motivos de las inclinanciones de las casas.
No sabía yo que antes de llegar me tenía que preparar tan a fondo sobre poleas superiores pero la lógica inversa de mi amado no tiene límites.

Sobrevivo a los pelotones del carril bici, sabiendo que sólo llevamos 2 días y me quedan 5 para superarme; Dani echa fotos a todos los gatos dormidos en las ventanas; los dos nos reencontramos con Arnau y Tudela, y dormimos como lirones.

Y con el hormiguero invernal acechando tras la vuelta de la semana, pienso quan práctico sería poder envasar las horas de sueño de más en tarros de conserva de tomatina...

Siete días por contrato




Son las 5 de la mañana, nos metemos en el coche donde están mi abuela y mi abuelo allí esperando. Embutidos ya los 5 mi padre nos lleva a Granada. Mi hermana se duerme al momento. Yo dos minutos más tarde. Me despierto en Valencia.
Vamos a pasar, aunque no lo sabemos, los mejores veranos de nuestra infancia.

De golpe, han pasado por lo menos quince años. Conduzco hasta Valencia destino Córdoba. Nos vamos a Montemayor. Capital mundial del flamenquín de jamón york y pueblo de mi amor. Teníamos que salir a las 6 para estar allí para comer. Y aunque el plan en un inicio motivara por ambicioso, también carecía de realidad.

Vamos a consumir 7 días de nuestras vacaciones entre tintos, chipis y familia. El pueblo de Dani no lo he pisado aún pero me imagino ya que cada tejado cocido al sol, cada cuesta o anciana en bata fresquita, me recordará a mi abuela.

Me sorprende ver que cada carretera secundaria cuenta con dos putis club por lo menos. De pequeña nunca me fijé. Pero los meloneros siguen sitiados al borde de la gasolinera. Y las carreteras siguen desprendiendo oleadas invisibles de calor.

A nuestra llegada, compruebo que ninguna cara me es conocida pero de alguna forma, a todas las vi antes. Arrugadas en pliegues, con sus batas rayadas, de luto, de estrellitas, asomadas a las puertas abiertas, saludando a primos hermanos, tíos lejanos y familiares sin títulos recordables.

Mi abuela se hubiera sonreído al verme atrapada de nuevo entre tanto beso ajeno.

Apología del absurdo

Estas últimas semanas han pasado cosas interesantísimas a mí alrededor y he pensado que os voy a contar algunas:

La primera:
Mis amigas del alma y yo decidimos que nos iríamos a pasar un fin de semana en la montaña para poder dormir juntas en una misma habitación y depurar las penas.
Y, como a nosotras las cosas fáciles no nos gustan pero somos algo vagas, llamamos a un camping cerca del Pedraforca donde ya habíamos estado una vez y casi matamos a la gallina de la dueña del camping. Pero este episodio, como es algo viejo, lo voy a pasar por alto.

El proceso de reserva fue el siguiente:
- Primero, Anna 1 llamó para pedir un bungalow de 6 para dos noches.
- Después, el novio de Anna 1 enfermó.
- Tercero, todas en bloque decidimos pasar en el Pedraforca solo una noche para que Anna 1 pudiera cuidar de su novio un día.
- Cuarto, Anna 1 llama al camping para anular una noche.
Y la señora (dueña de la gallina) le dice que le va a cobrar las dos noches igual.
- Quinto, se abre proceso de debate para ver cómo podemos engañar a la mujer sin tener que buscar el teléfono de otro camping.
- Entonces, Anna 2 dice que llamará ella para anularlo y buscar otro camping pero a media llamada, se despista y hace una segunda reserva con otro nombre.
¿Un bungalow de 6? No. Para disimular que somos el mismo grupo, Anna 2 pide uno de 5.
- Después, idea de Natalia, Anna 2 vuelve a llamar al camping para decirle a la señora de la gallina que ha habido un error y las amigas del alma han hecho dos reservas sin darse cuenta y van a anular la reserva de dos noches paraa quedarse solo con la de una.

(En general, como verás, somos muy listas y nos gusta evitar el conflicto).

El caso es que, después de tres días venerando el absurdo, nos fuimos de fin de semana al dichoso camping. Pero al irnos dejamos el bungalow algo sucio. Por las prisas y porque estábamos disimulando que éramos una más de la cuenta.

Y como nos fuimos de allí cual pubers empanadas, me dejé el dni en recepción.
(Yo lo he descubierto hoy, una semana más tarde, y después de rebuscar 20 minutos en el bolso enfrente una cola larguísima del Ikea con gente mirándome mal).

Al llegar a casa, como la mujer digna y madura que soy, he llamado para que me lo mandaran por correo.

Resultado: la mujer gorda me ha puesto a caldo (por la ducha sucia y el azúcar de la mesa principalmente). Primero a mí directamente. Después a mí otra vez pero con la mujer que tenía al lado que asentía en voz alta.
Así que, avergonzada como una vulgar puber en edad de ser pillada in fraganti haciendo cosas malas y no haciendo la pena de este modo, lo escribo aquí, en público, para que mis amigas compartan algo de vergüenza conmigo.


El resto de cosas interesantes que me han pasado os las cuento otro día que ya es bastante tarde.

Minuto 4.02

No paso del minuto 4.02. Mi mente ha quedado atrapada en un bucle dentro de enero en la playa.
Abro y cierro el excel intentando despejar mi dispersión. Pero no hay forma.
Los momentos se suceden a través de mis oídos. El Margaret. Las niñas. El tiempo sin hacer nada relevante.
Escribo para que las ganas se sacien y pueda volver a picar números y letras con sentido. Ahora sin música.
Ya está. Aquí estoy.

El link en cuestión vía Ariadna.

Gracias

Querida,
¿Cómo estás?
Hace siete meses que no te veo y tengo que decirte que, aunque he intentado olvidarte, esto no está siendo tan fácil como debiera.
Te echo de menos. Así de fácil. Ya lo he dicho... Y aunque aquí soy feliz, no pasa una sola semana en la que no piense en ti.
Ya sabes que los cambios me cuestan demasiado, no soy tan flexible como pone en mi cv. Me viene de chica. Ya por entonces no tiraba nada. La visión de un trastero vacío me atormenta, como si la falta de trastos significara no haber tenido.
En esta nueva vida no tengo trastos porque de momento todo está ordenado. Casi casi sin caos. Pero de momento me adapto bien. Estoy recopilando recuerdos que adornen las paredes y llenen los rincones de estos nuevos días.
Y la casa está quedando bonita, aunque casi todo sea nuevo y le falte polvo. Ya sabes: es la vieja dicotomía entre viejo y nuevo.
Disculpa de antemano mi tono dramático. No quería preocuparte. Seguramente se debe a mis tres últimas noches víricas. Como la mitad de Barcelona, ando medio costipada.
Espero que tú estés bien y no te falte nada de lo tuyo: ni ruido, ni gente, ni tiendas, ni luces, ni te, ni sol, ni bicis, ni niños, ni domingos, ni nada.

Un beso desde la zona sur bonita,

Anna

Aquí estamos, de colonias, y muy a gusto.

Queridos papás,
Os escribo para contaros que aquí estamos muy bien. Nos hemos hecho muy amigos y nunca nos pegamos.
Ahora que ya han pasado las primeras semanas tenemos la mayoría de nuestras cosas más ordenadas y aunque yo sigo perdiendo gran parte de mis pertenencias, él no. Es un alivio que al menos uno de nosotros sepa dónde están las cosas porque la cabaña es bastante grande y perderlo todo, todo el rato, es un engorro.
Cuando nos levantamos, cada uno se junta con los de su grupo para pasar el día. Si nos cruzamos por el campamento solemos hacer como que nos ignoramos para que los demás no sepan que nos hemos hecho tan amiguitos. Aquí no está bien visto que las niñas se hagan tan amigas de los niños.
Pero lo mejor de ser mejores amigos es que yo puedo jugar también con sus cosas, a parte de con las mías, y podemos hablar hasta tarde, aunque sea de tonterías. Sólo para reírnos.
Por eso os escribo, para deciros que no os preocupéis. Aquí estoy muy bien y creo que podré aguantar un tiempo más. De verdad.

Un beso para blanquita y otro para vosotros.

Lupe.

De palillo

Esta semana he estado de regresión a la infancia. Ha sido solo a ratos libres porque para las vacaciones falta un mes. Pero resulta que hay vida más allá de la ciudad gris y aunque el camino pase por renfe, es necesario irse. De verdad.
Mientras el mundo giraba a velocidad desternillante, nosotros nos bañamos de noche, nos tiramos de palillo, jugamos a las sirenitas, a comer nocilla sin mojar el pan bimbo, a pintarnos letras con crema, a saltar de bomba y a reírnos bajo el agua...

Sorprendente esa nueva realidad que olvidamos con los años donde no existe explicación sino el azar, donde jugar a trabajar es divertido, y hacerse mayor parece lo más. En fin. Medio metro de niño ayudó más que todos los descansos nesspresso que uno pueda darse. Más incluso que todas las "batallas" que dicen que ganamos.
Thank you, niña, ha sido un lujo jugar a trabajar contigo.

Empaquetando

Estoy empaquetando mi vida en unas cajas de color marrón que huelen a cerrado. Sin naftalina ni champán. Con una mezcla rara de alegría y tristeza, sin pasear la vista por las estanterías vacías, en un vago intento de seguir sintiéndome en casa.
Es una mudanza a uno porque, cuando vuelvan ellos, ya no sabrán qué ni donde estaban mis recuerdos, y todo olerá a lejía activa.
Friego y empaqueto debatiéndome entre si borrar las manchas que encuentro o dejarlas para que el nuevo inquilino sepa que aquí muchos fuimos felices. Que dormimos poco entre tanto sueño. Que nos reímos bastante. Que aprendimos a decir noes a fuerza de síes. Y tantas otras cosas que sólo se aprenden a los 20.
Seguro que el día que me vaya me olvido de algo. Y seguro que cuando me vaya, no podré dejar de pensar en el día que entré por primera vez.

Una transformación rapidita e indolora.

Desde que escucho jazz me he vuelto culta y paciente.

He empezado con uno para principiantes no vaya a ser que me transforme tanto que mis amigos no me quieran en el grupo. Ahora ya tenemos a dos listos y con ellos vamos sobrados de intelecto.

Gracias al jazz, entre mail y mail, levito y sonrío al mismo tiempo que contesto con amabilidad los improperios de mi amo el señor de la marca reina. Om y música.

Buenos días.

Dicen que sólo escribes lo que te pasa. Que cada palabra va por alguien y ninguna es tuya, que todos los días los vives por otros.
Y así, poquito a poco, te has apartado de la única ventana que daba al exterior. Has estado dando clases de cómo medir tus palabras y callar tus pensamientos en voz alta. El 95% de ellos por el momento.
Has desandado el camino desordenando y enterrando las piedras, para despistar un poco. Colocando banderines en caminos sin salida.
Has escrito en el silencio todas las bonitas cosas que te han pasado. Para que nadie se entere que eres feliz.
Y hoy has llegado a tu tope. No naciste con egos secretos. Casi lo que ves es lo que hay. Así que, buenos días. Hoy no pinta un día muy interesante pero se hará lo que se pueda para mejorarlo.

No pasa nada

Sólo llegan unos días de vacaciones. Y santos o no, no nos estresaremos. Si la mitad de nuestra vida no nos cabe en la maleta, pillaremos unas bragas de menos. Lo más importante es que en la primera estación de servicio hayamos olvidado de dónde veníamos. Como decía la amiga de los niños, planeemos menos y volemos un poco más alto.

En el mundo hay gente buena y gente mala

Y yo hoy me he topado con todos los buenos.
A las 5 de la mañana me he levantado de mi cápsula espacial para viajar a la ciudad de las reuniones y las charlas acerca del sexo de la webs. Uf. Vaya. Psé.
Y entonces ha habido un punto de inflexión.
Creo que ha sido entre el segundo en el que se ha caído el café en mi blusa y el minuto que he tardado en cambiarme pero un día que pintaba entre aburrido y castrante se ha convertido en un día amable.
El taxista de las 5.30 am era mudo y transpiraba tranquilidad por todos los poros. Gracias.
El acompañante de avión de la nave transportadora me ha subido y bajado el abrigo en plan peli de las de antes. Con clase y en blanco y negro.
El segundo taxista del día, un ex escolta político súper motivado por no hacer ni una sola cola innecesaria, me ha tratado como a una princesa.
El dueño y señor de las mazmorras de las webs con ruedas me ha recibido con un café y una charla, de sólo una hora y media, acerca del futuro de google, telefónica, la publicidad en buscadores y el futuro de la marca real. Inquietante.
Cuando he salido de la súper charla, el taxista motivado me esperaba en la puerta con una sonrisa y un qué tal te ha ido. Parecía familiar mío de contento que estaba.
Por la noche me han informado que habíamos ganado un Laus por un curro con el que por cierto nos lo pasamos bastante bien y casi nada mal.
Así que hoy me voy a ir a dormir con un total de 27 gracias, 6 señorita espero que tenga un feliz día, 2 descanse usted mucho, 1kb más e sabiduría, 1 premio y un te quiero. No está nada mal.