Mostrando las entradas con la etiqueta Niña sal al balcón. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Niña sal al balcón. Mostrar todas las entradas

Sigo aquí

Mirando telebasura televisiva con la mente en blanco intentando acallar el batiburrillo en mi cabeza. Valeriana va, valeriana viene. Resultado, ninguno.

Hipoglucemia

Los animalitos campan a sus anchas por mi no jardín y mi sangre teóricamente azucarada. Desde que volqué mi tiempo libre en la jardinería y el amor por las plantas, he descubierto un sinfín de variedades animales que me separan de mi objetivo: mosquitos, pulgones verdes y naranjas, caracoles, arañas, hormigas...Todos ellos besuqueando mi rosal sin rosas, pintando de esmalte pegagoso las hojas de mis begonias, arrimando el codo a la menta sin ningún pudor.
Y mientras yo me dedico a buscar diagnósticos en google, ellos emplean todo su tiempo y más a esa difícil experiencia de sobrevivir al insecticida, el agua con jabón y la manguera a presión.
Ambos, ellos, y yo al otro lado, sabemos que la batalla está perdida. Ellos emplearán todo su verano en sobrevivir. Yo a matarlos. Juegos de vecinitos al fin y al cabo.

El patio


Desde mi hamaca todo se mueve deprisa excepto yo. He comprobado que si me tumbo en ella, mi propia vida necesita menos fotogramas para entenderse a sí misma.

El día del señor

Domingo es un día termómetro. Y es que las últimas horas del domingo son más definitorias que el resto de la semana.
Es cierto que es un día menos aspiracional pero, también mucho más funcional para saber por dónde andas.

Y es que las personas que han formado parte de las últimas horas de tus domingos, son más importantes que el resto de la humanidad.

Mis últimas horas de chica los ocupaban Alf y un secador súper potente+cepillo rulo con el que mi madre me torturaba; con mi primer novio presentable los domingos se morían en el cine y el frankfurt del centro; con mi mudanza a Barcelona, se fundían en el sofá con un te y María; con la marcha de María, los domingos acabaron en cena y guacamole por el Raval. De mayor, quizá los acabe entre la plancha y la verdura.

Aunque quién sabe. Quizá me hago rica famosa y mis domingos desaparecen bajo unas vacaciones sin días, sin horas, y sin lunes.

Mientras espero, feliz domingo póstumo.

El poder del absurdo

Que hay pocas personas con sentido sentido del humor inteligente es un hecho. Pero que hay pocas con sentido del absurdo, también. Y es que el humor inteligente tiene su qué, aunque por su propia definición muchas veces hace que no tenga gracia, pero el humor absurdo tiene más. El absurdo cura la realidad, los porqués del alma, las ventajas y expectativas del día. Eleva el interés del error, comparte el ridículo, salva a los perdidos y nos distrae al resto. Por otros muchos años de absurdo. Amén.

El Doctor Amor (Doctor Love para los bilingües)

El Doctor Amor se ha mudado a mi edificio. Las que lo conocen, dicen que es el nuevo Dionisio del siglo XXI, que su belleza es inexplicable y sus consejos infalibles. Pero yo aún no le he visto, así que no puedo opinar. Solo puedo decir que su mudanza me ha traído más inconvenientes que ventajas. Las largas colas de mujeres que dan la vuelta a la manzana no me dejan subir la compra. Por no decir los gritos y peleas que se arman cada dos por tres en una escalera de metro de ancho. Y es que el tío ha establecido dos turnos: por la mañana y tarde para consulta; por la noche para las amantes despechadas que quieran hacer locuras para recuperarlo.
Y aquí estamos el resto. Desde su mudanza, en el edificio no duerme ni dios. A las vecinas nos ha mandado por correo una disculpa por anticipado por los inconvenientes que podamos sufrir. Y un vale de descuento. Eso sí. Y a los vecinos machos un correo de disculpa por las amantes, amigas, novias y esposas que vayan a perder en el proceso.
Pero no creo que esto vaya a durar mucho más. Me he informado por Internet que los malestares que ocasiona en la comunidad, y el overbooking de visitas cuando se conoce su paradero, lo obligan a mudarse muy a menudo, así que espero que esto el tío se busque otro piso antes de morir de una sobredosis de líbido.
Y espero que eso sea antes que yo decida aprovechar mi vale.

Ese perro listo

Esta noche me ha mordido un perro. Entonces ha venido un chico muy guapo y con un método algo raro y complicado ha conseguido sacarme el perro de encima. El método consistía en atar a una mujer, que andaba por la allí, a un poste de teléfono, colgar de la cuerda, con la que la ha atado, 3 colas de gato falsas y preguntar al perro que buscara la cuarta cola. Los resultados han sido sorprendentes. El perro ha dejado de morderme y se ha sentado a pensar dónde andaría la cuarta cola que no estaba a la vista. Yo, viendo que el panorama no era muy optimista, estaba claro que el perro listo ese se daría cuenta que lo estaban engañando, he decidido despertarme cuanto antes. Algunas veces prefiero la vida misma.

Piedras filosofales: liquidación de stock.

En Gran de Gracia hay una tienda pequeñita que cierra por jubilación. Los hijos del dueño le salieron ejecutivos agnósticos y a sus 89 años, el hombre no puede mantener el chiringo abierto todos los días. La tienda ha sido bautizada varias veces por el papa de Roma y por ahí dicen que fue donde el Dalai Lama compró su primera túnica. Algunos de sus tesoros más preciados son el quinto pie encontrado de Jesucristo, una piedra filosofal para ser inmortal y un diente de oro de Alá. Casi nada.
Pero con los tiempos que corren y las semanas temáticas del Corte Inglés, ¿quién quiere vivir para siempre? Así que el señor del chiringo liquida las últimas piedras filosofales que quedan en el planeta tierra.
En la puerta, un cartelito escrito de su puño y letra nos avisa: Lo malo está por ver, pero lo peor por llegar.

De puro cuero 100% vacuno.

Zapatos nuevos. De un marrón brillante casi negro. Preciosos. De puro cuero 100% vacuno. Él, que nunca estrenaba nada, y heredaba casi todo, ahora se fundiría la calle a golpe de suela. Las chiquillas caerían como moscas. Su jefe lo ascendería a director general. Estaba claro.

Y así, hinchado como un palomo buchón salió a la caza de la fama merecida. Requemado por tantos años de miseria e indiferencia de la sociedad en general.

Dolores, la vecina buenorra del tercero, esa que jamás lo había visto en 21 años de escalera compartida, los divisó enseguida. -¿Zapatos nuevos señorito? -Sí señorita Dolores. Recién estrenados van. -Y Dolores, ciega a la pobreza, fiel sirvienta de la bonanza, se levantó la falda para enseñar a Gómez sus braguitas de puntilla. Blancas. Firmadas por Ariel.

Feliz como una perdiz, Gómez salió a la calle con sus casi súper poderes. Levitando a tres palmos del suelo. Una de una van. Al pasar por delante la panadería, Rosita, le sacó unos dulces y un bocata de serrano. Dos de dos. Al cruzar la avenida principal los coches frenaron de golpe estrellándose los unos contra los otros, anonadados por tanto brillo y belleza todo en uno. Tres de tres. Las niñas del colegio superior se sujetaban con fuerza las camisas, pero los botones abandonaban sin piedad sus puertos de origen. Cuatro de cuatro. Ricardo, el revistero más choni del barrio salió a su paso con tres periódicos y 400 suplementos. Todos con su número anotado. Cuatro de cuatro. Porque no era target. Al llegar a la oficina le informaron que podía tomarse unas vacaciones merecidas, pues estaba claro que las féminas de la oficina no aguantarían vestidas más de 5 minutos.

De los días que le precedieron nadie sabe, pero el 30 de noviembre se convirtió en un día histórico. Recordado por los años de los siglos porque Gómez estrenó zapatos.

Entre el desagüe y las Mauricio




Estoy en la ducha. En el vestuario no queda casi nadie. Han cambiado algo en la alcachofa de la ducha que hace que el agua salga en forma de millones de finas gotitas, muy delicadas. Los barrios pijos algunas veces son lo mejor. Cierro los ojos. Abro la boca. Escupo el agua. Lo primero. Lo prioritario. Lo importante. Abro la boca. Escupo el agua. Aquello. Lo otro. La otra. Abro la boca...Y de golpe, me hundo. Primero los talones. No abro los ojos. Total. Estoy en la ducha del gim. No me puedo estar hundiendo. El suelo es de goma, es blando. Habré pisado el desagüe - ya me pasó en casa que inundé el piso de abajo-. Cuando me doy cuenta me llega el agua a los tobillos. Y de repente, estoy completamente hundida y ya no puedo gritar. Aunque tampoco habría nada que decir. Así se está de maravilla. En el agua. Sin aquello. Sin lo otro. Sin lo importante. Sin lo urgente. Sin pensar que en realidad no me he movido de la ducha. En mi mejor stand by.


A lo chino

Entrecierro los ojos y te miro sin verte.
Así a lo chino pareces más fuerte. Un poco más atractiva quizás. Pareces menos dolida. Más interesante.
Así, a lo chino, el verde es casi infinito y se difumina en el horizonte, los carteles son estelas florescentes, los canales un viaje inolvidable a la diversión y las manchas una nota de color.
Y así, a lo chino, estoy casi segura que la publicidad me gusta. Lo que me revienta son los anuncios.

El gato

El vecino del quinto se ha comprado un gato que maúlla canciones de amor.
Cuando lo oímos por primera vez, salimos todos los vecinos a la escalera a oir sus suaves maullidos entonando Ese hombre de Rocío Jurado o Toxicosmos de Los Planetas, sus canciones favoritas. El gato está encantado de mostrar su don al mundo y lo que más le gusta es el cante en público. ¡Es un gato buenísimo en los cánticos del amor!
Pero con la virtud del animal salieron todos los aprovechados de la escalera. Por las tardes, la china del primero, le enseña poemas de su país para que el gato nos de una noche temática; la portera del edificio le pone la COPE, a ratitos y a escondidas del vecino, para que el gato se instruya en la escuela del perdón y la remediación; al niño del segundo, al que le han comprado una flauta, ensaya con el pobre gato el Frêre Jaques; etc.
Y lo que va a pasar es que el gato se va a volver gilipollas, antes que afónico, y nos vamos a quedar sin gato. Y va a ser una pena.

Historias en el patio de luces

Al levantarme esta mañana me di cuenta que mi cuerpo no pesaba nada. No llegué a poner los pies en el suelo que ya levitava a tres palmos y, al minuto 2, mi cuerpo sin control salía por la ventana.
Y así, con mi conjunto para dormir camiseta de tirantes+bragas, con un frío que pelaba, estaba yo en el patio de luces un poco mosqueada. Porque claro, una cosa es salir volando, que bien, porque es viernes y currar me apetece -0, y otra es salir en bragas al patio.
Y en el tercero, a punto de llegar al cuarto, ya un poco resignada viendo que mi salida del barrio era inminente, he pensado que mi situación actual, la de volando en bragas, no distaba mucho de mi vida de estas últimas 2 semanas. En fin.

¿Por qué le había tocado vivir con un amnésico?

Cada mañana lo mismo, una carrera de fondo para que él la reconociera.
Cuando abría los ojos y la veía, se asustaba. Y no porque fuera fea: tenía un rostro simétrico, un cabello bonito y jamás le olía el aliento.
Después del primer café, algunas veces recordaba su nombre. Otras no. Las que no, la llamaba "mujer". Las que sí, "Pili, mujer".
Cuando veía el tupper preparado en la cocina entendía que ella era alguien que lo quería. Sino, ¿por qué motivo le prepararía comida? Entonces le daba un beso en la mejilla y salía por la puerta.
Él se acordaba de todo: donde tenía aparcado el coche, donde trabajaba, de los lunes de liga, las contraseñas del banco, su odio hacia los calamares, los miércoles de Champions... Pero jamás recordaba quién era esa mujer que se despertaba agarrada a su brazo.
Y así pasaron los años. Cuando él salía de casa Pili empezaba su carrera hacía la reconquista: su plato favorito para la cena, su camisa de la suerte para el partido y las sábanas finas bien estiradas. Pili tenía 10 horas para volver a ser ella y él tenía otras 10 para reconocer a esa intrusa, esa que se colaba en su casa y le pedía más compromiso y algunas veces lo llamaba amor.
Eso sí, cuando llegaba a casa, él ya recordaba todo: Pili era su mujer, su amor de la infancia, la chica más bonita de la calle, la más estrecha según algunos. Y Pili lo quería con locura. Él era aquel chico que jamás creció, que la hacía reír como nadie y que la hacía sentir como una reina al final del día.

Dentro del agua se respira mejor

Una piscina por cada chalado de la semana.
Una por los pirados que te pidieron un beso y luego te mordieron.
Una más por los que te hicieron sufrir sudor frío en pleno agosto.
Otra por las vecinas que te miraron con el ojillo bajo cuando te pusiste el vestido corto.
Una por los líderes que te condenaron al exilio.
Una por los amargados que no te devolvieron la sonrisa.
Otra por los que te exigieron razones que no habían.
La penúltima para recuperar los sueños de la semana que se quedaron sin final.
Y la última por ese beso que no diste, ese grito que te callaste y ese suspiro que se quedó entre la segunda y la tercera costilla.


Dentro del agua todo. Incluso suspirar.

Crónicas del más allá.

Las carreteras se colapsan, las oportunidades excelentes se propician, los líderes se consolidan, los partidos buscan culpables, el Barça defrauda, las actitudes se fomentan, ETA se reestructura, los gobiernos prueban bombas inteligentes, los accidentes se saldan, RENFE registra retrasos, los cayucos desembarcan, los accidentes se cobran víctimas, las fuerzas de seguridad están en alerta, los sueños se rompen, el Papa vaticina, los muertos se hallan, las medidas se refuerzan, el mosquito tigre ataca...Y las palabras atentan, aburren, se repiten, engañan, y así nos convierten en expertos, sufridores y sabihondos.

El mar está lleno de peces

Historia 1:
Sitges. domingo. 14.32.
-¡Ayyyy chico, te veo muy tenso! Así no va a venir el pez polla...
Y el pez polla no vino. Solo se acercó tímido a la orilla una gomita amarilla con nudo y zumito incluído.
Fin.

- Ui Anna, eso queda muy vulgar. Y además, no se entiende nada. Si quieres ya lo escribo yo.

Historia 1.2:

Sitges. domingo. 14.32.
Mi vecino de toalla le dedica la siguiente perla a su amiguito:
-¡Ayyyy chico, te veo muy tenso! Así no va a venir el pez polla...

Mi novio, en voz baja:
- Cariño, como me alegro que me gusten las mujeres...

De mirar

Rojo. Ya están los peruanos besándose. Se besan con desgana, mirando hacia otro lado, pero uno encima del otro. Los miro y no soy capaz de ponerles edad.
Miran sin verse. Como espantados.

Verde. Barcelona es preciosa, pero no huele bien. Se salvan a duras penas algunas calles estrechas y unos pocos barrios con jardín y portero con manguera.

Rojo. Llegó la época del ventilador y los collares horteras. Veranito. Dentro de nada jornada intensiva. Ya no veré a los peruanos besándose. Ni a ese chico mono de las mañanas. Aunque casi da igual. Es gai seguro. Jamás me mira.

Verde. Mira. Ahí está. Me gustan sus chanclas. Parece que va lejos. Yo creo que es arquitecto. Tiene ese punto ideal entre informal interesante. Y es anchito.

Rojo. Y anda que el gordo... Siempre mirando a las niñas. Mira vayan con o sin madre. Y la mujer detrás. Que lo aguantaba yo. Muy limpio se ve el tío.

Verde. Ahí va la abuela estilosa. A mi de Sarriá me gustan las iaias. El luto nunca llega a los barrios pijos.

Rojo. Otro día tarde. Bueno. Mañana más. Total, somos muchos pero siempre los mismos. Para que nos vamos a engañar. Mañana llegaremos a la misma hora nos levantemos antes o después. Nos gusta vernos.

La melanina de la risa

Compramos los billetes de avión en febrero. Con las prisas.
En marzo nos pusimos las chanclas. Con ilusión.
En abril nos sentamos a ver caer la lluvia toalla en mano. Durante 16 días.
En mayo nos sentamos en un rincón, a deshojar el amazonas, para conseguir un rayo más de sol.
En junio empezaron las vacaciones. Y las colas en el Prat.

Nos pilló julio mirando los escaparates del Zara. Con el sudor en la frente, comprando jerseis gorditos, decidiendo si vamos a pasar el nuevo invierno con abrigo o biquini a topos.

En agosto ya estábamos locos.



mi querido monstruo


Hay un monstruo de los bostezos dentro de cada uno de nosotros. El mío es un ser sin dientes que no da miedo, algo bocazas, muy sosete, un poco tontaina.

No es capaz de tenerse en pie, no se soprende por nada y siempre quiere más. Le acompaña una lagrimilla en el ojo izquierdo, el lado del cojín, tiene las piernas flojas, un cuerpo garrapatil. Es feo, pero entrañable. Se trabaja a fondo los viernes, de 12 a 6 de la tarde.

Cuando se pone, es muy pesado, no deja paso a una sola iniciativa, es fiel a su propósito, gulas, avaricioso. Se zampa las horas a bocados, atempta contra el movimiento a bocanadas, pero no es capaz aún de hacer correr las horas. Cuando él está despierto el tiempo no pasa, desespera. Y espera, y no pasa, pesa, se eterniza, agoniza.