Les nines de cabells fins

Entres al lavabo d'una revolada i t'asseus en un racó a terra. Així encongida sembles una nina a punt de trencar-se...
Ens diuen que els joves no sabem patir, ni apretar i que la bonança ens ha fet dèbils. Potser sí. Pero miro com apretes les dents i m'entren dubtes.
Des d'avui i sempre, cada vegada que tanqui el baldó del lavabo petit, pensaré en tú mirant el futur amb els ulls molls però clars. Mirant endavant, com si volguessim ser grans.

El día de la tortuga

Hacía 5 meses y medio que soñaba con tortugas.
Obviamente no cada día pero, cuando ya me había olvidado de la última...¡tachán! aquella noche aparecía otra.

Todas las tortugas me acompañaban de un modo distinto: unas simplemente estaban allí, en su río, con sus cosas; otras me mordían; y a otras las mordía yo (de verdad).
Además, las noches que las tortugas aparecían de un modo insistente, yo solía ponerme enferma y, aunque en internet las pitonisas de los sueños hablaban de esfuerzos recompensados, cinco meses después, tortugas tenía las que quería pero recompensas, ninguna.

El día de la última me levanté con la cara hinchada y los ojos entrecerrados por una por una incipiente conjuntivitis. Aquella noche había soñado con una tortuga enorme a la que me veía obligada a cocinar viva y, por lo visto, estaba siendo castigada con unas maravillosas legañas extras. Enfrente el espejo, admirando mi nuevo look, empecé a pensar en la necesidad de librarme de ellas: las amables, las moribundas, las salvajes, las madres. Todas. Pero, ¿por dónde empezar?

Y a partir de aquí, no tengo ni idea de cómo acabará la historia. A las 21.27 pm del día de la tortuga ninguna idea, relevante o con vistas de ser eficaz, ha hecho acto de presencia y tampoco Google parece muy enfocado en el asunto. Quizá el día de la tortuga es primo hermano de la marmota y hasta que no resuelva algún aspecto oculto de mi vida no acabará jamás. Quién sabe. Pero algo me dice que no se van a ir tan ligeras como aparecieron.

Madrid

Poquito a poco. Camino con un hombro agachado a la fuerza por la mochila. Hace un calor infernal o hiela de repente, como sólo lo hace en Madrid. He llegado pronto y me voy a ir tarde, aunque, como siempre, nunca tan tarde como para considerar esta ciudad residencial o de vacaciones. Madrid está en el limbo. Se ha transformado en esa ciudad indefinida entre la obligación y el placer donde no oigo nada. Nadie me conoce. Los camareros me llaman niña y los taxistas señora. Yo también debo estar indefinida. Aquí es donde voy y vengo, con la mente concentrada en buscar un espacio para estar conmigo y nada más.La ciudad que me ha dado los mejores catarros de mi vida y las primeras presentaciones en habitaciones feas con mesas en forma de U. La ciudad de los cielos bonitos, que decía uno que trabajaba conmigo. La ciudad de los feedbacks y los retrasos. La niña bonita de los calamares donde en cada barra se adivina una panza feliz. Aquí estoy de nuevo.

Tómalo como venga



Tómalo como venga. Pero échale ganas. Las cosas cambian despacio pero de repente, en un momento miras al cielo y cuando bajas la vista ya no eres la misma. No has suspirado un vamos pero hace días que tus sueños nocturnos son distintos, tranquilos y desconocidos. Los protagonistas aparecen con bigote y te dicen que estás en otro país. Cada noche y durante todas las mañanas en las que parece que no acabas de despertar del todo. Con el primer café con leche de la mañana sopesas los pros y contras aunque algo te dice que la decisión está tomada. Bueno o malo qué más da. Que venga y ya veremos.

Mira, resulta que encontramos el paraíso

Sigo despertándome poquito a poco de este verano perfecto que nos ha sonreído entre mucho y más. Me acuerdo de tus caras mirando los monos, sonriéndole a un batido, buscando explicaciones al por qué de este mar traidor. Si me concentro, aún consigo oler las camisetas mojadas que jamás se secaron, esa brisa de coco, humedad y piña con curry. Estoy convencida que este fue el verano de nuestras vidas.
Me alegro de haber comprado ese billete que nos ha reconciliado con nosotros mismos. Suspiro porque esa paz atormentada del ir y venir del mar Caribe no nos deje nunca.

(Esto se está pareciendo a una plegaria, aunque creo que me da igual :)

Me ha gustado viajar contigo a las antípodas de la rutina, sortear baches asesinos y cabezales de camión del infierno. Lo mejor no se si han sido los extraterrestres que nos han acompañado, los ahoriticas, las veces que nos perdimos o las que nos pareció encontrar el paraíso. Así nos fue. Muy recomendable le decimos a la gente. Vale la pena ir. Y es que aún sabiendo en todo momento que habría un momento para la vuelta, no estoy segura si una parte de nosotros se quedó allí para siempre.

Son las 7

Esa es la hora en la que el dios empleado del hogar le lava la cara al mundo. Media tarde de primavera, sobre las 7 cortas.
A él le gusta hacerlo a esa hora porque, post diluvio, aún quedan unas horas de luz que abren paso a un azul cielo muy bonito. Limpio. Radiante.
Además, tiene comprobado que sobre las 7 es la hora que mejores efectos tiene sobre los habitantes personas.
Como por arte de magia, encuentran un segundo para mirar por la ventana, primero sorprendidos por el cubetazo inesperado. Tormenta de verano. No parecía que iba a llover. Pues el hombre del tiempo no ha dicho ni mu. Corre, saca los cojines de las sillas del jardín; Después, mirando embobados el cielo azul claro, contentos y satisfechos de que nada haya echado a perder unas horitas de luz.

El dios que le lava la cara al mundo sabe que las 7 es la hora perfecta para que los que tienen manías pierdan unas pocas mirando el brillo mojado que se lleva el polen al desguace; para borrar los mejores pipis de los parques y así permitir que los amos de los perritos fisgones encuentren unas horas de paz; para que las abuelas del mundo tejan monederos de ganchillos lima limón; para que los niños obtengan permisos especiales para jugar a la wii un ratito más; para que los mandones manden menos y mejor, con tranquilidad y calma, al ritmo de la lluvia acompasada.

Las siete es, sin duda, la mejor hora para lavarle la cara al mundo y verlo de nuevo, por unas horitas más, azul cielo brillante.

Lunes extraños

Hay días perfectos para viajar sola. Días en los que lo más importante es mirar sin apenas oir. Para hablar sin pensar en resultar brillante. Para entender que lo que deba ser bienvenido sea y más sabiendo que la media hora extra de cama ha sido un milagro. Días para mirarse al espejo y verse con ojeras pero contenta. Días para las cosas no importantes. Para coger taxis entre edificios bonitos. Para pasar cerquita de parques verdes con gente con tiempo echada en ellos. Felices.
Son días en los que no te molesta que haya un idiota gritando desde la fila tres vestido de Neo. Días a prueba de bomba hechos para unir contrarios y no escuchar los peros. Para enterarse que los nuevos putis dan comisión a los taxistas los días de feria. Días para descubrir que lo que soñaste se une a lo que ves desde la ventanilla, mientras sabes que esta no es tu ciudad y si te hubieras quedado en casa te lo habrías perdido. Son días para ti. Días casi perfectos.

Antes y después de cuándo no debiera haber visto

Voy a alejarme de la mesa de reuniones para verlo todo en perspectiva...En un segundo con tres, quince voces de alrededor se han quedado mudas y la vocecilla feroz de mi interior no me deja pensar en nada bueno. O quizá todo lo que me dice es más que bueno pero mi miedo atroz no lo digiere como tal.
¿Dónde está ahora el cristal de seguridad? Este país es un desastre: nunca está nada donde debiera.
Como yo, el resto del séquito parece empatizar con la causa porque las víctimas siempre tienen quien las vele, al menos un ratito.
Intento aplicar las clases de yoga en un intento frustrado de mover la respiración que me aprieta los dientes al fondo del estómago. Como he dicho: frustrado. Porque en realidad, nunca presté atención en clase.
¿Por qué motivo tenemos tanto miedo al después del antes? Si quien sabe, qué nos depara de mejor.

El mundo a través de tus ojos

La semana pasada, mi hermana se fue a vivir a la india marcando un punto y seguido a la larga cola de aventureros que han tomado otros caminos los últimos dos años. Mi mente simétrica y grupal intenta poner orden al cambio así que la clasifico junto al grupo de amantes del jamón ibérico en la distancia y la distancio de los que pasan frío pero comparten franja horaria. La pongo claramente lejos de los que entienden lo que les cuentan los autóctonos, pero cerca de los que están demasiado lejos y no tienen previsto volver pronto. Lejos de los que puedo visitar en low cost y lejos de los que comen arenques a su pesar.
La listo cerca de los más cercanos y en un abrir y cerrar los ojos veo que bate récord de proximidad, aunque no abro un nuevo grupo de familiares lejanos para que no me entre la penita. Descubro, eso sí, que es mi primer contacto que come garbanzos bañados en agua picante a diario y comparte cuarto con varios sapos-come-bichos. Ya ves.
Pero en menos de dos minutos paro de clasificar porque los números no me salen. Haciendo un rápido cálculo de "lejos" enumerados, me temo que será de las que abrirá un nuevo grupo de gente que vuelve muy cambiada. Así que, una vez más, y esta vez la que más, me coloco en el grupo de los que esperan estar tan cerca en la distancia que jamás sientan los lejos.

Blanco neutro

Te aceleras al mismo tiempo que decides rendirte. Miras de frente para cruzar aún sin entender una maldita señal.
En cualquier momento vas a ser atropellada por un grito. Se ve venir, aún sin ver nada.

El tiempo se para para amontonarse de nuevo. Te giras. Hablas. Conduces. Escribes. Contestas. Sonríes. Llamas. Comes. Pero ya estás en otro lugar. Con un intenso dolor de cabeza. Uno de esos que solo se propagan por culpa de las preguntas a las que no sabes responder.

No era tan distinto cuando tenías 5 años y tus manos cortas de miras no sabían subirse el pantalón. No tenías ni idea de que fallaba pero la ropa se arremolinaba a un lado y a otro.

A 8 grados bajo un plumón invencible me acuerdo de Menorca.
El taxista pita. Tira ya mujer. Las grúas del puerto me devuelven a la Zona Franca. Y bajando.